miércoles, 25 de febrero de 2015

LAS DOS GOTAS DE ACEITE

¿Cuál es el Secreto para La Felicidad?

Cierto mercader envió a su hijo al más sabio de   todos los hombres para aprender el secreto de la felicidad. El muchacho anduvo muchos dias por el desierto, hasta que llegó a un castillo, que se encontraba en lo alto de una montaña. El sabio que el muchacho buscaba vivía allí.
Sin embargo, en vez de encontrar a un hombre santo, nuestro héroe entró en una sala y vio una actividad inmensa; mercaderes que entraban y salían, personas que conversaban por los rincones, una pequeña orquesta tocando suaves melodías y había una mesa cubierta con los platos más deliciosos de aquella región del mundo. El sabio conversaba con todos y el  muchacho tuvo que esperar dos horas para ser atendido.

El sabio escuchó el motivo de la visita del muchacho y le dijo que en es momento no tenía tiempo de explicarle el secreto de la felicidad. Le sugirió que se diera un paseo por su palacio y volviera después de dos horas.
"Quiero pedirte un favor" dijo el sabio, entregando al muchacho una cucharilla en la que dejó caer dos gotas de aceite. "Mientras vas caminando, lleva esta cucharilla sin permitir que se derrame el aceite".

El muchacho comenzó a subir y bajar las escalinatas del palacio, manteniendo siempre los ojos fijos en la  cucharilla. Cuando pasaron las dos horas, regreso con el sabio.
Entonces preguntó el sabio:
"¿Has visto las tapicerías de Persia que hay en mi comedor?" ;"¿Viste el jardín que el maestro de jardineros se tardó cien años para plantar?";"¿Te diste cuenta de los bellos pergaminos de mi biblioteca?"

El muchacho, avergonzado, confesó que no había visto nada. Su única preocupa-ción era no derramar las gotas de aceite que el Sabio le había confiado.
-“ Vuelve, pues, y conoce las maravillas de mi mundo”, dijo el Sabio. “No puedes confiar en un hombre si no conoces su casa.”

Ya más tranquilo, el muchacho cogió la cucharita y volvió a pasear  por el palacio, fijándose esta vez en todas las obras de arte que pendían del techo y de las  paredes. Vio los jardines, las montañas en  derredor, la delicadeza de las flores, la exquisitez con que cada obra de arte estaba  colocada en su sitio. Al regresar al lado del Sabio, relató con pormenores todo lo que  había visto.
- Pero, ¿dónde están las dos gotas de aceite que te confié? preguntó el Sabio.
Mirando hacia la cucharilla, el muchacho se dio cuenta de que las había derramado.
"Pues ése es el único consejo que te puedo dar" .

El más sabio de los sabios le dijo al muchacho, este es el único consejo que te puedo dar:


"El secreto de la felicidad está en mirar todas   las maravillas del mundo sin olvidarte nunca de las dos gotas de aceite de la cucharita".



lunes, 16 de febrero de 2015

DARSE CUENTA

Este cuento está inspirado en un poema de un monge tibetano, Rimpoche, y que reescribí según mi propia manera de decir, para mostrar una característica más de nosotros, los humanos.
  
Me levanto una mañana,
salgo de mi casa,
hay un pozo en la vereda,
no lo veo,
y me caigo en él.
 
Día siguiente...
salgo de mi casa,
me olvido que hay un pozo en la vereda,
y vuelvo a caer en él.
 
Tercer día,
salgo de mi casa tratando de acordarme
que hay un pozo en la vereda,
sin embargo,no lo recuerdo,
y caigo en él.
 
Cuarto día,
salgo de mi casa tratando de acordarme
del pozo en la vereda,
lo recuerdo,y no veo el pozo
y caigo en él.
 
Quinto día,
salgo de mi casa,
recuerdo que tengo que tener presente
el pozo en la vereda
y camino mirando el piso,
y lo veo y a pesar de verlo,
caigo en él.
  
Sexto día,
salgo de mi casa,
recuerdo el pozo en la vereda,
voy buscándolo con la vista,
lo veo,
intento saltarlo,
y caigo en él.
 
Séptimo día,
salgo de mi casa,
veo el pozo,
tomo carrera,
salto, rozo con las puntas de mis pies el borde del otro lado,
pero no es suficiente y, caigo en él.
 
Octavo día,
salgo de mi casa,
veo el pozo,
tomo carrera,
salto,¡llego al otro lado!
Me siento tan orgulloso de haberlo conseguido,
que festejo dando saltos de alegría...
Y al hacerlo, caigo otra vez en el pozo.
 
Noveno día,
salgo de mi casa,
veo el pozo, tomo carrera,
salto,
y sigo mi camino.
 
Décimo día,
me doy cuenta
recién hoy
que es más cómodo
caminar...
por la vereda de enfrente.

De "Cuentos para pensar"   Jorge Bucay



 










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domingo, 8 de febrero de 2015

El "Cuento" de PREOCUPARSE

Acuérdate de soltar el vaso

Un psicólogo en una sesión grupal levantó un vaso de agua, todo el mundo esperaba la típica pregunta: ¿Está medio lleno o medio vacío?

Sin embargo, preguntó:

Las respuestas variaron entre 200 y 250 gramos.



El psicólogo respondió: "El peso absoluto no es importante, depende de cuánto tiempo lo sostengo. Si lo sostengo 1 minuto, no es problema, si lo sostengo una hora, me dolerá el brazo, si lo sostengo 1 día, mi brazo se entumecerá y paralizará. El peso del vaso no cambia, pero cuanto más tiempo lo sujeto, más pesado, más difícil de soportar se vuelve."


Y continuó: "Las preocupaciones son como el vaso de agua. Si piensas en ellas un rato, no pasa nada. Si piensas un poco más empiezan a doler y si piensas en ellas todo el día, acabas sintiéndote paralizado, incapaz de hacer nada."



Hacer frente a las preocupaciones es como podar un árbol.
“LA PODA  DEL ÁRBOL DE LAS PREOCUPACIONES”

En la plaza central del pueblo debían quitar un gran roble, el enorme árbol, que con el paso de los años se había convertido en un símbolo del lugar. Hasta en el escudo del pueblo se dibujaba su silueta. El roble se había enfermado de un extraño virus. Corría el riesgo de caerse y de contagiar a los árboles más cercanos. Ya se había hecho todo lo posible por salvarlo y la triste determinación de derribarlo provocaba en los vecinos una profunda sensación de impotencia.

No es fácil determinar la causa de un problema y no es el camino más agradable tomar la decisión de solucionarlo.


Los leñadores llegaron una mañana con sierras automática y hachas. Los vecinos se reunieron en la plaza para presenciar su caída. Esperaban oír el estrépito producido por el choque del inmenso árbol contra el suelo. Suponían que los hombres empezarían a cortarlo por el tronco principal en un lugar lo más pegado a la tierra. Pero en vez de ésto los hombres colocaron escaleras y comenzaron a podar las ramas más altas.


En ese orden de arriba hacia abajo cortan desde las más pequeñas hasta las más grandes. Así cuando terminaron con la copa del árbol, sólo quedaba el tronco central, y en poco tiempo más aquel poderoso roble yacía cuidadosamente cortado en el suelo.


El sol, ahora cubría el centro del parque, su sombra ya no existía, era como si no hubiera tardado medio siglo en crecer, como si nunca hubiera estado allí. Los vecinos preguntaron por qué los hombres se habían tomado tanto tiempo y trabajo para derribarlo. El más experimentado leñador explicó: cortando el árbol cerca del suelo, antes de quitar las ramas, se vuelve incontrolable y en su caída, pueden quebrar los árboles más cercanos o producir otros destrozos. Es más fácil manejar un árbol cuando más pequeño se le hace.

El inmenso árbol de la preocupación, que tantos años ha crecido en cada uno de nosotros, puede manejarse mejor si se lo hace lo más pequeño posible. Para lograrlo, es aconsejable podar en principio, los pequeños obstáculos que nos impiden el disfrutar de cada día y así ir quitando el temor de que en el intento de librarnos de éstos y mejorar, todo se derrumbe.

En ese orden, quitando del comienzo los pequeños problemas podemos, gradualmente ir llegando al tronco principal de nuestras preocupaciones. Para cambiar hay que realizar una tarea a la vez, quitar las ramas de la preocupación de una en una, ocuparnos y no preocuparnos.

Reconocer nuestros errores y tener el valor para enfrentarlos, establecer las prioridades y los objetivos en la vida y mantener una verdadera determinación para librarnos poco a poco de todo el peso que nos impide trabajar, crecer, disfrutar y vivir, transformando nuestras ansiedades, miedos y preocupaciones en coraje, esperanza y fe.


Lee también el cuento.... El hombre sin preocupaciones